Como el lápiz Mongol revolucionó el mundo de la escritura
En los inicios de su fabricación, la elaboración de los lápices Mongol implicó un proceso cuidadoso y artesanal. La mina de grafito se mezclaba con arcilla y otros materiales para lograr la consistencia y el grado de dureza deseado, lo que hacía (y hace hoy en día) que las puntas no se quebraran fácilmente, una gran diferencia con sus competidores. Luego, la mezcla se pasaba por una prensa para formar las barras de mina, que se insertaban en varillas de madera de cedro cuidadosamente seleccionadas, otro elemento de calidad en su exterior, que hace su eficiente afilado con sacapuntas.
Sus minas se distinguían por su resistencia y uniformidad, que proporcionaba una escritura suave y fluida. Además, la calidad de la madera y su diseño ergonómico, lo hacían cómodo de usar durante largos periodos. Estas características lo convirtieron en una herramienta no solo favorita entre estudiantes, sino también entre artistas, escritores y profesionales de cualquier especialidad. Todas esas cualidades se mantienen y fueron ampliadas al desarrollarse diversos grados de dureza, para complacer a usuarios diferenciados.
Entre sus singularidades hay que mencionar, que el Mongol también se convirtió en un objeto de colección, una pieza de arte e incluso un símbolo de la cultura popular, ya que ha aparecido en películas, canciones y obras de arte.
Se dice, por ejemplo, que el escritor estadounidense John Steinbeck, ganador del Nobel, utilizó tres lápices, el Mongol, el Blaisdell Calculator y el Eberhard Faber Blackwing, al escribir sus novelas. Para Las uvas de la ira, considerada como una de sus obras más destacadas, se necesitaron 300 lápices.
Desde otros ámbitos, Milton Friedman, economista estadounidense y también ganador de un Nobel, se refirió al “lápiz amarillo” en su documental Free to Choose, como ejemplo de uno de esos productos que sería imposible sin miles de intrincadas relaciones comerciales y las economías de escala. Así lo expuso:
“No tengo la menor idea de dónde salió. ¡O de la pintura amarilla! ¡O de la pintura que hizo las líneas negras! ¡O del pegamento que lo mantiene unido! Literalmente, miles de personas cooperaron para hacer este lápiz. (…) Cuando vas a la tienda y compras este lápiz, en realidad estás intercambiando unos minutos de tu tiempo por unos segundos del tiempo de todas esas miles de personas”.
Milton Friedman
Y mientras otras marcas, desde sus comienzos hasta el día, no pueden presumir públicamente de la fiabilidad de su producto, Mongol no solo se atrevió a decir con hechos que era el mejor lápiz, sino que incluso, en un anuncio que circuló en los Estados Unidos en 1957, su slogan fue: “Mongol… the pencil that writes 16.230 words”, ni más ni menos, con lo cual el consumidor ayer y hoy, cuando se topa con este artilugio de escritura, sabe que su tradición de fiabilidad se mantiene constante, en un mercado en el que la competencia por la producción a gran escala no garantiza la calidad, algo que para Mongol es una premisa. Y así seguimos contando con su valiosa mina, su amarillo refulgente y el borrador rojo que no mancha y se mantiene en su lugar.
