Prismacolor: el legado de un creyón que cambió el juego
Desde las manos de estudiantes, artistas principiantes hasta las obras maestras de profesionales, los lápices de colores Prismacolor han dejado una marca indeleble en el mundo académico y del arte. Su pigmentación intensa, mezcla suave y calidad excepcional los han convertido en una herramienta indispensable para ilustradores, diseñadores y entusiastas del dibujo. Pero, ¿cuál es la historia detrás de estos icónicos creyones que han cautivado a generaciones?
Un vistazo a la historia de un clásico
La trayectoria de la icónica marca Prismacolor comenzó en 1938, bajo el amparo de la Eagle Pencil Company. Fundada en 1856 por Daniel Berolzheimer en Nueva York, Estados Unidos, esta empresa introdujo los creyones inicialmente con el nombre de Eagle Prismacolor. Se presentaron en dos formatos distintivos: los de mina gruesa y núcleo blando, y los Verithin, caracterizados por una mina más fina y dura. En 1969, la compañía experimentó un cambio de identidad, adoptando el nombre de Berol Ltd. y rebautizó sus lápices como Berol Prismacolor. La dirección de la empresa permaneció en manos de la familia fundadora por cinco generaciones.
Con el paso del tiempo, la propiedad de Prismacolor transitó por varias de las empresas más influyentes en la industria de la papelería, materiales de escritura y arte. En 1986, la Empire Pencil Company adquirió la empresa y sus productos, marcando una nueva etapa. Posteriormente, en 1995, Sanford LP, subsidiaria de la reconocida Newell Brands Company, se hizo con la línea Prismacolor, lo que llevó a otro cambio de nombre, esta vez a Prismacolor.
Todas estas transiciones no solo son un testimonio de la valía y el atractivo duradero de la marca, sino que también le permitieron capitalizar la infraestructura y el amplio alcance de compañías más grandes. Esto fue crucial para consolidar su posición como un referente indiscutible en el mundo académico y artístico. Desde sus humildes comienzos, Prismacolor se propuso elevar el estándar de calidad de los lápices de colores, y su persistencia en la innovación ha sentado las bases para el ícono creativo que es actualmente.
Aunque no fue el resultado del trabajo de un único «diseñador» estrella, la creación de estos lápices de colores ha sido el fruto de un dedicado esfuerzo de investigación y desarrollo colectivo. La meta inicial era ambiciosa y clara: superar la calidad de los lápices existentes en el mercado de ese entonces. Buscaban un creyón que ofreciera una mina notablemente más suave y cremosa , una mayor concentración de pigmento para garantizar colores vibrantes y, quizás lo más crucial, una capacidad de mezcla sin precedentes, características que comtinúan definiendo a la marca.
El secreto detrás del color: ¿Cómo se elaboran?
La magia de los Prismacolor reside en su mina a base de cera suave (factor clave que contribuye a proporcionarles una textura cremosa y su excepcional capacidad de mezcla) y en su meticulosa fabricación, que comprende un inmenso número de procesos manuales y semiautomatizados, los cuales, en forma general, incluye los siguientes pasos:
- Selección y peso de pigmentos: se utilizan tintes de muy alta calidad para garantizar la intensidad y resistencia a la luz de los creyones. Cada uno de los colores de Prismacolor se elabora con una mezcla específica de pigmentos y ceras. Un trabajador de la fábrica pesa con precisión estos ingredientes, siguiendo la receta que detalla las proporciones exactas para lograr la mina suave y cremosa característica de estos lápices.
- Mezclado y aglutinado: los pigmentos se combinan cuidadosamente con aglutinantes, compuestos principalmente por cera, caolín y otros aditivos. Para obtener la consistencia deseada, la combinación de ingredientes es procesada en una mezcladora industrial, donde se agita sin cesar durante unas seis a ocho horas. La composición final de cera y color no se extrae de la máquina hasta que haya superado estrictos controles de calidad.
- Extrusión: la pasta obtenida se transfiere a una máquina extrusora, la cual fuerza la mezcla de cera y pigmento a través de un pequeño orificio para darle su característica forma cilíndrica. Inmediatamente, la mina se corta a la longitud necesaria; la máquina puede ajustar su diámetro a tres tamaños diferentes, dependiendo del tipo de lápiz a producir.
- Secado, curado y control de calidad: en la estufa de secado las minas de pigmento y cera se curan lentamente, un proceso que puede extenderse hasta por cinco días. Antes de retirarlas, el equipo de Prismacolor realiza una serie de pruebas de calidad rigurosas. Estas incluyen medir el diámetro con un micrómetro y romper muestras al azar para asegurar que la resistencia mecánica sea la adecuada.
- Fresado y encolado de la madera a la mina: Prismacolor fabrica el cuerpo de sus creyones con madera, elegida por su ligereza y facilidad de afilado. El proceso comienza con una fresadora que crea ranuras semicilíndricas en una tabla, donde se aplica pegamento y se inserta la mina de color. Otra tabla idénticamente preparada se coloca encima, formando un lingote que encierra varias minas. Para asegurar la unión, estas barras de madera se someten a un ciclo de curado de 45 minutos bajo presión en una prensadora.
- Corte: los lingotes de madera con las minas incrustadas avanzan por una cinta transportadora hacia la cabeza de corte. En esta fresadora, los discos dentados y de lija eliminan el exceso de madera. El resultado son los cilindros que constituyen el cuerpo del creyón, con la mina ya integrada en su interior.
- Pintado, barnizado y estampado: en la unidad de pintura, cada creyón recibe múltiples capas de esmalte, lo que le da su característico acabado brillante y liso. Para un secado eficiente entre capa y capa, los colores se desplazan por extensas cintas transportadoras. Una vez aplicada la capa final de barniz, cada color se marca con el nombre de la marca y su código de color. Así, los Prismacolor están listos para ser envasados y distribuidos.
De la artesanía al reconocimiento mundial
La fama de los Prismacolor no fue accidental sino el resultado de una combinación de factores que resonaron profundamente en la comunidad artística, entre los cuales cabe destacar los siguientes:
- Pigmentación intensa y vibrante: su alta carga de pigmento permite que los colores se apliquen con una intensidad y riqueza excepcionales, logrando resultados vívidos con menos esfuerzo.
- Durabilidad superior: el rendimiento excepcional de estos colores es un pilar fundamental en su reputación. Un factor clave es el notable diámetro de su mina, que generalmente alcanza los 3,8 mm, una característica que los distingue de los otros productos en el mercado.
Una mina más gruesa ofrece múltiples beneficios. En primer lugar, es intrínsecamente más resistente a la rotura que las más delgadas. Esto es crucial para artistas que suelen aplicar una presión considerable o para aquellos que se dedican a proyectos detallados, donde la rotura constante puede ser una fuente de frustración significativa. Además, el mayor volumen de material contenido en la mina asegura una vida útil prolongada del creyón, incluso con uso intensivo, lo que se traduce en una mejor inversión a largo plazo para los usuarios de estas herramientas de dibujo.
- Mezclas de calidad: la mina a base de cera facilita la superposición de colores y la creación de transiciones suaves, lo que permite a los artistas lograr una amplia gama de tonos y matices.
Textura cremosa: la suavidad de la mina permite una aplicación sin esfuerzo, lo que reduce la fatiga de la mano durante largas sesiones de dibujo.
Resistencia a la luz: aunque varía entre los colores, los pigmentos utilizados por Prismacolor tienen una buena resistencia a la luz, lo que significa que las obras de arte mantendrán su vitalidad con el tiempo.
- Versatilidad: son adecuados para una amplia gama de técnicas artísticas, desde ilustraciones detalladas hasta bocetos rápidos, y pueden ser utilizados en diversas superficies.
La combinación de todas estas cualidades convirtió a los Prismacolor en la elección preferida de muchos ilustradores comerciales en la década de 1960 y 1970, lo que contribuyó significativamente a su estatus legendario.
Hoy en día, los creyones Prismacolor continúan siendo un referente en el mercado, demostrando que la innovación en el arte no solo se trata de crear nuevas formas de expresión, sino también de perfeccionar las herramientas que las hacen posibles. Su historia es un testimonio del impacto duradero que un producto de calidad superior puede tener en la formación y la creatividad humana.
