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Lidia Rebrij: un amor tenaz por el libro y la escritura

     Érase una vez una niña argentina, de ascendencia judía y más allá, ucraniana y muchos años después venezolana, que descubrió el milagro de la lectura a los 6 años, como un flash, cuando con su padre caminaba por las calles de Buenos Aires al atardecer y se iluminaron, muchas a la vez, las luces de neón de la ciudad. Todas las palabras que fue descubriendo en algunos suplementos para niños, las vocales, la formación con consonantes, todo tuvo sentido en un instante y el rompecabezas cerebral se formó.

 

 “Papá, allá dice librería”, probablemente dijo. De esa manera nació una fascinación por las palabras, que devino en escribir con lápices de grafito, y que luego pasaron a hablar de historias, de cuentos sobre mujeres barbudas, de las ciudades que no se apagaron en la memoria oral, de odios y venganzas en el amor.

 

     Esa niña, que continúa mirando con esos mismos ojos melosos su vasta biblioteca, las librerías de segunda mano, cualquier lugar donde se hallen libros, ya pasadas siete décadas, se llama Lidia Rebrij, narradora argentina-venezolana, quien ya transmitió ese amor por la lectura a su descendencia y así una de sus nietas le gritó emocionada desde la calle para que la oyese en su apartamento: “Babita (abuelita en ruso), ¡ya sé leer!”, para consolar a la abuela con ojos tristes que esperaba con cierto desasosiego que pasara la tormenta del Covid y que es la misma que también ahora le dice, a sus 10 años: “Babita, Babita, qué rico que huelen los libros y hace así”. (Lidia simula como hizo Amanda, quien se acerca el libro a la nariz y queda extasiada y comenta a su vez: “¿De dónde sacó eso, yo nunca se lo dije y ella los huele, le gustan mucho”, añade la escritora.

 

     Y para escribir, un lápiz, cuando está en la cama, ya que el grafito no conoce de las idas y venidas de la tinta, como sí su pluma fuente especial, con tinta verde siempre, material que su padre en Buenos Aires debía buscar aquí y allá para complacer a la hija que ya no dejaría más de leer cuando él puso en sus manos Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, un libro que continúa siendo esencial en su biblioteca.

    Lidia Rebrij (1948), nació en Buenos Aires (Argentina). Es licenciada en Historia de la Universidad El Salvador de Buenos Aires; ha ejercido el periodismo cultural en importantes diarios venezolanos como El Universal, Últimas Noticias (en la que dirigió su página literaria por varios años), Diario El Aragueño (directora del suplemento cultural en la década de los 80-90) así como en las revistas Élite, Cábala, Imagen, entre otras. También trabajó en la Galería de Arte Nacional y fue profesora de Historia del Arte en la Escuela de Arte Dramático del estado Aragua.

    Es autora de libros de crónicas y cuentos como Cuerpo de Venus, corazón de rockola (Maracay : Secretaría de Cultura del estado Aragua, 1984; La nostalgia vestía chaqueta militar (Maracay : Industria Gráfica Integral, 1985); Con los besos de su boca (Caracas : Monte Ávila Editores, 1985), El dorado vino de tu piel (Caracas : Fundarte, 1989), Con estos mis labios que te nombran (Caracas: Planeta, 1993), Más frágil que el cristal (Caracas : Alfaguara, 2000).

   Textos suyos han aparecido en Las risas de nuestras medusas. Teatro venezolano escrito por mujeres (Caracas : Fundarte, 1992); Las mujeres toman la palabra : antología de narradoras venezolanas / Luz Marina Rivas, compiladora (Caracas : Monte Avila Editores, 2004). También escribió la obra teatral “Fastos y oropeles de la carne : soliloquio de la gorda” (1992) y trabajó como investigadora para el guion de la telenovela “Cosita Rica”, realizado por Leonardo Padrón y transmitida por la cadena Venevisión, entre los años 2003-2004.

       Breve historia de una pasión

    “Empecé a leer a los 6 años; mi papá me regaló mi primer libro. Tuve la suerte que fue uno de segunda mano, con lo cual me enganché para siempre con los libros usados. Era Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas. En la parte de atrás decía: ‘Continúa en 20 años después’. Entonces la pedí a mi papá, 20 años después. Pero este libro, también tenía una continuación, la que también se anunciaba en la página final: ‘Continúa en los tres tomos de El vizconde de Bragelonne‘, los cuales también solicité y fui complacida. Esto fue un torrente que inundó mi vida y la cambió.

 

  • Quiere decir que a tu padre le gustaba leer, ya que te regalaba tantos libros.
  • Sí, él leía a los autores rusos: Dostoievski, Gogol, Chejov, Mayakovski, toda esa gente.
  • ¿Y la escritura?
  • La escritura comenzó simultáneo con la lectura. Yo quería aclarar una cosa dentro de la lectura. El libro de Dumas me marcó de tal manera, porque era una novela histórica del siglo XIX, que cuando fui grande estudié historia. Eso viene de ahí, de esa pasión que me despertó a tan temprana edad esa obra. ¿Ves la importancia que puede tener para un chico tropezarse con algo que se hace una pasión?

  • ¿Qué otros libros te han acompañado, que los tienes digamos en tu mesita de noche, esos imprescindibles?

  • Eso depende de cómo me sienta. Tengo temporadas, como ahora, que solo estoy leyendo literatura japonesa, pero también mi vida la marcó mucho Marcel Proust, con En busca del tiempo perdido, cuyos siete tomos los leí en el autobús Los Teques-Caracas, pues trabajaba en la Galería de Arte Nacional. Siempre me sentaba del lado de la ventanilla para tener la luz, nunca en el pasillo, debía ser allí para poder leer.

  • ¿Y lees varios autores al mismo tiempo? 

  • Sí, como en la universidad, que tienes que hacerlo. Es más, yo leo el libro físico aquí en la sala y lo continúo leyendo en el cuarto, pero en la Kindle. Y pueden ser varios autores al mismo tiempo, si de repente pierdo el hilo, empiezo, otra vez.

  • ¿Es decir, relees?

  • Sí, el buen lector relee. Eso es como cuando tienes a un amigo y te encuentras con él. ¿Esa es la única vez que lo vas a ver?  No. Bueno, con los libros es igual. Te encuentras con un libro, ¿esa es la única vez que lo vas a leer? Tampoco. No importa que haya muchos, ese es uno de tus libros. Allí yo no puedo elegir, me gustan todos. En pandemia, me leí la mitad de mi biblioteca en un año y medio.

  • Bueno, llegó la televisión; yo tuve televisión a los 12 años en Buenos Aires y decían que se acabaría la radio. Y hoy continúan conviviendo radio y televisión. El libro subsiste de distintas maneras; yo veo que la gente lee mucho con el celular, ¿qué están haciendo? Están leyendo. Leen de otra manera pero leen. Y el libro físico puede modificar su forma, pero creo que le sigue gustando a la gente.

  • ¿Te gusta leer entonces en Kindle, el libro electrónico? Alguna gente vaticinaba que con la llegada del  formato

    Lidia Rebrij, en su pasión por la lectura y también por los lectores, busca siempre cómplices de esta pasión que la mueve. Así, un día cualquiera, en un mercado provisional instalado cerca del apartamento de su hija Almendra Terrero Rebrij (veterinaria y amante de los libros y de los animales como su madre), se percató de que la joven a quien le iba a comprar un pollo estaba leyendo. Explica que no pudo resistirse y le preguntó sobre qué leía. “Qué haces tú, le pregunté. ‘Ah, yo estudio ingeniería química, pero vendo pollo’. ¿Y eso que estás leyendo? ‘Ah, es que a mí me gusta mucho leer’. Uno encuentra, inesperadamente, sorprendentemente, a alguien iniciado también en el mismo vicio y te miran así, reconociéndose ambos. Cuando veo a alguien leyendo, quiero saber qué es. Cuando entro a una librería, me hormiguean las manos. Esa es la señal de que estás en un buen sitio. Cuando mi hija Almendra cumplió 17 años, la llevé a la librería Lectura en Caracas y cuando entró, le dije las palabras mágicas: ‘Elige lo que quieras’. Imagíname que me lo hubiesen dicho a mí, a los 17 años, ¡todavía estaría pagando mi padre!”

     Una escritura sobre la mujer… y la venganza

 

    “Yo me enteré por la crítica que yo escribía sobre la mujer. En realidad mi tema es el amor, el desamor, la venganza. Todo lo que tiene que ver con el hecho amoroso. Ahorita estoy lidiando hace muchísimos años con algo que no sé si terminaré que se llama: Cuídate de mi amor mío, que es sobre la venganza”.

 

  • ¿Qué ha sido lo más gratificante para ti y lo más desafiante de ser escritora?
  • Lo más gratificante son momentos. En realidad escribir para mí es muy doloroso, me cuesta mucho.  Llega un momento en que uno maldice su sino y además se pregunta para qué vas a escribir, si igual no te van a leer. ¿Y qué importa si te leen o no leen? Yo no escribo para que me lean. Pero no estoy segura porque en otros momentos creo que sí. Mi hermano menor, que está en Buenos Aires, que es como yo, dice que yo escribo porque los escritores escriben, sencillamente. La gente respira, los lectores leen, los escritores escriben. Pero es difícil escribir, enfrentarte contigo mismo.

 Lápiz y papel antes del teclado

  “Yo escribo a mano porque mi tempo interior es más lento que el de la computadora. Después que lo tengo todo, lo paso a la computadora y puede ser que salga un cuento totalmente distinto al que pensaba, pero escribir, lo hago a mano. Siempre respetando mi tempo interior, porque me considero una persona lenta. Estoy escribiendo y a mí me gusta la escritura suntuosa, lujosa, como la de Mujica Lainez, por ejemplo, que es así todo un desplegarse, y eso solo se consigue con paciencia. La computadora es muy rápida, entonces cuando escribo en la computadora, esa cosa suntuosa y lujosa, no se me da”.

   El papel y el lápiz me permite garabatear. A veces no estoy escribiendo si estoy en un bloqueo, no estoy literalmente escribiendo, pero entonces dibujo algo de lo que quiero escribir y al final puede salir una idea, que surgió de la misma desconcentración que tenía”.

  Nos despedimos de Lidia y de Morita y Balzac, sus dos fieles perros y de una casa llena de libros, recuerdos, fotos, esculturas de santos católicos, potecitos para tomar el mate, viejos afiches de espectáculos y la inmensa dicha de saber que sí hay una razón para festejar el Día Internacional del Libro y del Idioma, porque existen personas que respiran y viven en el alma de los libros.

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